Oscar Arias

La autoridad de la palabra desarmada

Óscar Arias Sánchez
Ex Presidente de la República de Costa Rica
Conmemoración del XXV Aniversario del Plan de Paz

Teatro Nacional, San José, Costa Rica, 12 de septiembre de 2012

Señora Presidenta, señor Canciller, señor Secretario General, amigas y amigos:

Si viviera una persona cuya biografía abarcara toda la crónica de la humanidad; un ser cuya experiencia recogiera desde las más antiguas civilizaciones y las más alejadas geografías, hasta la realidad de nuestros días, su memoria sería similar a la de un soldado o a la de una víctima de guerra. Por muy desolador que parezca, el relato de nuestra especie ha sido escrito con puntuación de violencia. Hemos medido el paso de los años con el calendario de la fuerza. Pocos son los episodios de concordia entre todos los seres humanos. Pocas son las épocas de armonía y fraternidad. En el vasto inventario de vivencias humanas, rara vez nos hemos permitido una oportunidad para la paz duradera.

Y sin embargo, la paz es una aspiración individual para la gran mayoría de las personas. Puestos a elegir, difícilmente escogeríamos atravesar, siquiera una vez, un episodio de guerra. ¿Cómo entonces terminamos, colectivamente, en el destino que tantos desearíamos evitar individualmente? Algunos creen que la guerra es el fruto inevitable de un mundo anárquico en el que nadie tiene garantizada su seguridad. Otros creen que casi todos los conflictos pueden ser solucionados por la vía del diálogo y de la negociación. La historia humana puede leerse como la tensión entre estas dos fuerzas, entre el poder de los halcones y las palomas de la política. Al ritmo de ese péndulo hemos escrito los pasajes más cruciales de nuestra vida colectiva. Hace veinticinco años, ese péndulo se inclinó del lado de la paz en Centroamérica.

¿Qué rasgos distinguieron nuestra historia de la de tantos otros que aún sufren el dolor de un conflicto armado? ¿Cuánto influyó el contexto, el momento, los actores, o la suerte en la producción del resultado? Las circunstancias que antecedieron la firma del Plan de Paz son bien conocidas. Las cifras de los muertos y los heridos, de los desplazados y los desaparecidos, pueblan las repisas de las bibliotecas. ¡Pero hay tanto que las cifras no recogen! ¡Tanto que se esfuma en el recuento oficial! Hay algo intangible en el dolor de una guerra, algo que envenena el aire con la angustia y la conciencia insoportable de la muerte.

Ese es un sentimiento que desconocen los jóvenes que nos acompañan esta noche. Y en este tema la ignorancia, más que un descuido, es un privilegio. Ser incapaz de reconocer el temblor de la tierra estremecida por el paso de un tanque, es un privilegio. No haber olido jamás la sangre en los pliegues del viento, es un privilegio. Desconocer el sabor de la pólvora, el color de la muerte, el llanto que se escucha tras la pared del vecino, es un privilegio. Quizás la importancia de esta celebración pueda entenderse sólo en términos de ausencias: los soldados que ya no mueren, las familias que ya no huyen, los buques que ya no traen almácigos de metralla.

Quienes únicamente conocen la Centroamérica de nuestros días, encontrarían difícil creer las historias que narraban los millones de refugiados que cruzaban las fronteras a mediados de los ochentas. Pueblos aniquilados por manos hermanas, con armas estadounidenses o soviéticas. Bases de entrenamiento secretas, en donde muchachos que apenas comprendían las razones de la guerra, se graduaban en el odio y la violencia. Un conflicto convertido en una contienda por la preeminencia militar de dos superpotencias.

El Plan de Paz nació en medio de esta madeja de frustraciones, tras el fracaso final de los procesos de mediación de algunos gobiernos latinoamericanos. Muchos factores diferenciaron mi Plan de esfuerzos similares en la región y en otras latitudes. Esta noche quiero mencionar cuatro características que determinaron, en mi opinión, nuestras probabilidades de éxito. Tienen que ver con qué firmamos, quiénes lo firmamos, cuándo lo firmamos y bajo qué condiciones lo firmamos.

¿Qué firmamos? El Plan de Paz es un documento corto y preciso. Tiene como único propósito alcanzar la paz y la democracia en la región, y no se detiene en los detalles operativos. Cuando existen múltiples partes en una negociación, con intereses distintos y a menudo contradictorios, es vital definir la meta y reducir el ruido, porque cada parte presenta sus contrapropuestas y pretende implementar su propia agenda.

Fue importante también que limitáramos nuestra ambición y renunciáramos al perfeccionismo. Muchas veces he dicho que yo deseaba que las cinco naciones se comprometieran a abolir sus ejércitos, y que Centroamérica se convirtiera en la primera región desmilitarizada del mundo. Renunciar a uno de los sueños más importantes de mi vida era, en aquel momento, un sacrificio al que accedí, en vista de que los demás presidentes renunciaron también a muchas de sus pretensiones. Si cada uno se hubiera aferrado a sus posiciones, esta noche no estaríamos aquí. El gran mérito del Plan de Paz no fue haber sido un documento ideal, sino haber sido un documento posible, que garantizaba su propia supervivencia al exigir que las naciones celebraran elecciones libres y perfeccionaran sus instituciones democráticas.

¿Quiénes firmamos? A pesar de la presión de Washington para excluir a Nicaragua de las negociaciones, el Plan de Paz incluyó desde un principio al gobierno de Managua, porque no es posible conducir una negociación exitosa si no se encuentran presentes los legítimos interlocutores de un conflicto.

Y tampoco es posible conducirla si actores externos gravitan sobre las conversaciones, generando presiones indebidas e invalidando propuestas. La firma del Plan de Paz fue el inicio de una larga cruzada por lograr que se nos permitiera implementar el acuerdo que habíamos adoptado. A cada paso hubo personas dispuestas a buscar cualquier excusa para declarar el fracaso. Enfrentamos presiones ingentes de parte del gobierno del presidente Ronald Reagan y de los regímenes de Mijaíl Gorbachov y Fidel Castro. Pero defendimos nuestra voluntad. No sólo porque era nuestra, sino porque ninguna guerra ideológica justifica la muerte de seres inocentes. Ningún pulso por asegurar la hegemonía internacional de un pueblo, puede labrarse con el sacrificio de otros pueblos. La paz la decidimos únicamente las partes signatarias, porque, si bien un líder debe rodearse de opiniones, debe escuchar argumentos y estudiar la crítica, al final del día debe decidir con cargo exclusivo a su conciencia.

¿Cuándo firmamos? Al presentar mi Plan de Paz a los presidentes centroamericanos, comprendí que el tiempo transcurría en contra de nosotros. Las potencias mundiales presionaban por redoblar la presencia militar, mientras la paciencia internacional se agotaba producto de la frustración y el desgaste. Al reunirnos en la ciudad de Guatemala, en agosto de 1987, de alguna manera entendimos que aquella sería nuestra única oportunidad. Saber eso, sentir que la vida de millones de centroamericanos estaba atada al designio de unas cuantas horas, nos infundió la fuerza que necesitábamos. Desde el momento que presenté el Plan de Paz, hasta el día en que firmamos, transcurrió poco más de medio año. De haberle dado largas al diálogo, quizás habríamos terminado por rendirnos.

Dejo para el final el punto más importante: bajo qué condiciones lo firmamos. Resulta paradójico que en muchas negociaciones para alcanzar la paz, se utilice la violencia y la amenaza como mecanismos de persuasión. Se interpreta que las partes no pueden renunciar a priori a su poder ofensivo, y que la negociación debe ser una serie de concesiones a cambio de las cuales las partes desisten de la agresión. La lógica del Plan de Paz era totalmente opuesta: exigir el cese al fuego como condición para dialogar. Renunciar a la violencia para demostrar la buena voluntad. Así firmamos un documento que cumple hoy un cuarto de siglo. Así firmamos un acuerdo que transformó la vida de millones de seres humanos. Ojalá los líderes del mundo se atrevieran a renunciar a la violencia como ficha de juego. Quizás se sorprenderían de la autoridad que tiene la palabra desarmada. Quizás se asombrarían de saber cuánto puede hacer una persona cuando tiene de su lado nada más que la razón y la verdad.

Aunque hoy nos reúna la conmemoración de un aniversario, la paz dista mucho de ser un producto acabado. La estamos construyendo con la memoria, que ha de servirnos de advertencia. Y la estamos construyendo con la esperanza, que ha de servirnos de aliento. ¡Hay tanto por hacer en la fragua de la paz, y es tan ardua la faena! Pero sin importar los sacrificios, sin importar las entregas, no hay labor más noble que la de asegurar que la vida sea una aventura feliz sobre la Tierra. Hoy, les pido que no desfallezcan. Que tomen la bandera con la convicción de que hay acuerdos posibles, incluso para el más indescifrable de los conflictos. Les pido que recuerden que la paz se alcanza por sus propios medios: por el diálogo y la tolerancia, por la paciencia y la perseverancia. Y, parafraseando el Desiderata, les pido que no sean cínicos con la paz, que aún en medio de la aridez y el desencanto, encuentra la forma de brotar, como la hierba, a través de todas las estaciones.

Amigas y amigos:

Quiero agradecer a la Presidenta Laura Chinchilla y al Canciller Enrique Castillo, por la organización de este evento. Agradezco también a los integrantes del panel que nos acompañan, y a todos los que de alguna manera contribuyeron con esta celebración. Yo tuve el privilegio de contar, en aquellos días de 1987, con el consejo de un grupo de personas cercanas, el equivalente de lo que los norteamericanos llaman un kitchen cabinet, integrado por Rodrigo Arias, Margarita Penón, Mariangel Solera, Jorge Regidor y John Biehl, mi amigo de toda la vida. John tomó el remo de un barco en mitad de la tormenta. Incluso a costa de grandes sacrificios personales, acompañó a Costa Rica como un escudero. Esta noche quiero darle las gracias a él y a todos los que integraron este grupo que siempre me brindó su consejo. Las gracias que anidan en el fondo del corazón, las que emergen desde el más profundo resquicio del alma. Sin ustedes, sin mi familia y mis más cercanos amigos, sería la sombra de lo que soy.

“La historia es una pesadilla de la que intento levantarme”, decía el héroe del Ulises de James Joyce. Durante muchos años, la humanidad ha intentado levantarse de una pesadilla de guerra. La violencia que alimentó los mitos e inspiró las epopeyas sigue dictando la saga del mundo. Demasiado pronto y con demasiada frecuencia, bajamos los brazos, volvemos la vista y damos la orden de fuego. Demasiado pronto y con demasiada frecuencia, renunciamos a la vía diplomática. Pero no hay escrito un destino de dolor para el hombre. Nadie ha dictado aún las páginas futuras de esta progenie deslumbrante, que aún en medio de las armas, es capaz de amar y perdonar, capaz de construir e imaginar.

Al inicio de mis palabras, hablé de un ser cuya vida abarcara toda la historia de la humanidad. Los últimos veinticinco años en Centroamérica serían para esa persona acaso un instante de quietud, un momento en silencio a la orilla del mar. Pero por ese momento, por esa quietud, vale la pena vivir y luchar. Por hacer de la paz la opción principal. Por hacer del diálogo la única salida. Por hacer de los próximos siglos, el final de la larga pesadilla.

Muchas gracias.