La crisis de Berlín
No habrá solución definitiva todavía…
Oscar Arias Sánchez *

Nota: Articulo publicado en la Revista Combate No. 23 de Julio y Agosto de 1962, cuando contaba con 21 años de edad.
* OSCAR ARIAS SÁNCHEZ. Estudiante costarricense, Alumno de la Facultad de Medicina de la Universidad de Costa Rica. pp. 51-56.
ANTES de entrar a analizar lo que se ha llamado Crisis de Berlín necesario es referirse, aunque no con la extensión que el análisis exige, a antecedentes históricos y políticos que comprenden, de una parte el origen, esencia y métodos de lucha del comunismo ruso, y de otra la obligada alianza que por varios años mantuvo ligadas a las potencias occidentales y a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Estos antecedentes son necesarios para borrar la errónea impresión, muy generalizada por cierto, de que la Crisis de Berlín es resultante exclusivamente de la falta de visión política y militar de los líderes occidentales; y que a su vez, este problema de Berlín es el que puede, por sí mismo, dar origen a un conflicto bélico de incalculables consecuencias.
Es mi propósito demostrar que la llamada Crisis de Berlín es efecto y no causa; es el resultado de una política preconcebida de extender la hegemonía soviética a todos los rincones de la tierra. Pero siendo etapa de un proceso no terminado, seguirá constituyendo un delicado problema no resuelto que pondrá, no por él mismo, sino por el designio que lo ha creado, en peligro la paz del mundo.
El actual partido comunista ruso tiene su origen en las doctrinas de Marx y Engels establecidas en el conocido “Manifiesto Comunista” de 1848, inspiradas en la idea de que las fuerzas históricas que impulsan la sociedad han de cambiar la estructura económica de la misma, y que en este nuevo orden debe asumir la clase trabajadora un papel director.
Esta doctrina de Marx, ambigua en algunos puntos y un tanto vaga en los métodos de aplicación, dio origen a varias interpretaciones. Pero la que le dio Lenin, y que fue continuada por Stalin, es en la que fundamentalmente se basa el comunismo soviético. Lenin predicó un “partido” de agitadores profesionales escogidos, fanáticos entregados devotamente a la causa y capaces de actuar en situaciones revolucionarias de manera resuelta y disciplinada, hasta el punto de tomar el poder por la fuerza sin consideración ninguna al sentimiento mayoritario del país. Dentro de este mecanismo la vida política, económica e intelectual de una sociedad debe estar regulada por la guardia avanzada del proletariado, el “partido”, el cual debe ser omnipotente; y en esta sociedad las consideraciones humanitarias y los derechos individuales no son tomados en cuenta; se trata, pues, de que una dictadura comunista sea un perfecto ejemplo de estado totalitario. En cambio de esta opresión de libertades, el “partido” promete establecer justicia social y perpetua paz después de la liquidación de todos sus actuales y potenciales adversarios.
Así, pues, la doctrina comunista, si no en su esencia al menos en sus métodos, exige que el movimiento revolucionario sea extendido a todos los países del mundo. Resumiendo el testamento de Lenin al “partido” Stalin declaró en enero de 1924: “Lenin nunca consideró la república de los soviets como un fin en sí misma. El siempre la consideró como un lazo necesario para el fortalecimiento de los movimientos revolucionarios del este y del oeste, como un vínculo necesario para facilitar la victoria de los trabajadores sobre el capital. Lenin sabía que esta era la única interpretación correcta, no solamente en el aspecto internacional, sino también como único modo de preservar nuestra república.”
Es irrebatible la afirmación de que por esencia o por método el comunismo predica y tiene como objetivo la revolución social mundial. Pero como es parte de su método el ser “flexible” cuando las circunstancias de diverso orden así lo demanden, abandonan temporalmente o fingen abandonar su propósito final. Así, en 1921 Lenin abandonó su política de comunismo mundial y la reemplazó por una “nueva política económica”, esto, en parte debido a que la “Tercera Internacional Comunista”, que había fundado en 1919, no había dado los frutos fuera de Rusia que él esperaba. Esta nueva política económica venía a ser un término medio entre nacionalismo y economía privada; pero ya en 1928 con la llegada de Stalin al poder se inició de nuevo la política hacia el “triunfo del socialismo”. Toda la vida económica y cultural de Rusia sufrió gran cambio; bajo los planes quinquenales, todos los recursos naturales del país fueron explotados intensivamente, se construyó una gran industria pesada, se colectivizaron las fincas individuales y se empleó maquinaria agrícola en gran escala.
Y la convicción de que sería inevitable una lucha del comunismo ruso con los países capitalistas la llevó a un estado de “economía de guerra” en que todas las actividades del país estuvieron subordinadas a las necesidades de la “defensa”. Hemos dicho que es característico del movimiento comunista el cambiar de métodos de lucha cada vez que las circunstancias lo aconsejan. Así, cuando un fascismo agresivo creció en algunos países, la política del comunismo sufrió un cambio repentino: Rusia en 1934 se unió a la Liga de las Naciones con el afán de cooperar con las democracias que se oponían al fascismo, y siguiendo este cambio de táctica, los partidos comunistas fuera de Rusia se unieron a las fuerzas liberales y socialistas que antes combatían para formar “los frentes populares”. De esta “flexibilidad” siguió dando muestras: después de 1935 se presentó al pueblo ruso como genuino líder del movimiento comunista mundial, alegando que tal movimiento resumía las tradiciones y aspiraciones históricas del mismo. La mayor muestra de “flexibilidad” la dio en 1939 cuando súbitamente abandonó su política de colaboración con las democracias en su lucha contra el fascismo, uniéndose a Hitler y permitiendo así la agresión fascista con el propósito de abrirle el camino para que desencadenara la segunda guerra mundial. Como resultado de este entendimiento, la Unión Soviética participó con Alemania en la destrucción y partición de Polonia, firmó un tratado de amistad y no agresión en abril de 1941 con Japón y de nuevo los comunistas del mundo, marcando el paso a tal política, comenzaron a hablar de imperialismo y a obstaculizar el programa defensivo de las democracias contra la agresión fascista. Pero esto duró poco tiempo. En Junio de 1941 sorpresivamente Alemania atacó a Rusia y todo el panorama cambió. Obligadamente esta invasión trajo la alianza rusa a las democracias occidentales, pero sin que tal alianza hiciera a Rusia perder de vista su único e invariable objetivo. Esta actitud comenzó de nuevo a mostrarse, aun cuando la victoria sobre Hitler no estaba definitivamente alcanzada. Y, como lo veremos en seguida, la Crisis de Berlín no es sino una etapa del programa que el Imperio Soviético tiene trazado: imponerle al mundo su credo político, económico y social, y ser él de ese mundo, su amo y señor.
Mucho antes de darse la batalla final contra los poderosos ejército de Hitler, se pensó en la conveniencia de una reunión tripartita de los principales jefes de gobierno de las potencias aliadas. Como paso preliminar, en Octubre de 1943, tuvo lugar en Moscú la conferencia de los Ministros de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, Inglaterra y Rusia. En ella se hizo resaltar el gran interés que tenían los rusos por la invasión de los ejércitos anglo-americanos por el norte de Francia; insistían una y otra vez en que esta invasión debería verificarse en la primavera de 1944. En esta conferencia se tomaron algunos acuerdos importantes tal como el referente a la instalación de un comité asesor europeo en Londres, para que empezara a trabajar en los problemas que, seguramente, surgirían en Alemania al terminar la guerra una vez derrotado Hitler. Fue este comité el que por primera vez se ocupó de planes para dividir a Alemania en zonas de ocupación.
La importante conferencia tuvo lugar en Teherán, después de haberse vencido las dificultades para la fijación de momento, sitio y condiciones de la misma. Fue necesario que el Presidente Roosevelt y el Primer Ministro Churchill cedieran a la exigencia de Stalin para que fuera Teherán el sitio escogido. Para el Presidente Roosevelt era difícil el viaje, pero de enorme interés la reunión. En carta dirigida a Stalin le decía:
“De ningún modo considero el hecho de que, desde el territorio norteamericano, yo tenga que viajar 6.000 millas y usted solamente 600 millas desde territorio ruso. De buen grado recorrería diez veces esa distancia para reunirme con usted si no fuera porque debo llevar adelante un gobierno constitucional que tiene más de ciento cincuenta años de edad… Le ruego recordar que tengo también una gran responsabilidad con respecto al gobierno interno del país y el pleno mantenimiento del esfuerzo bélico norteamericano. Según le he dicho antes, considero la reunión de nosotros tres como de la mayor importancia imaginable, no sólo para nuestros pueblos de hoy, sino también para ellos en un mundo que podría mantenerse en paz durante generaciones. Las generaciones futuras verían como una tragedia que usted, Churchill y yo fracasáramos hoy por unos cuantos cientos de millas…”
El primer Ministro Churchill también consideraba de suma importancia dicha reunión; al iniciarse la misma manifestó:
“Esta entrevista representa, probablemente, la mayor concentración de poderío mundial que nunca se viera en la historia del género humano. En nuestras manos está quizás la abreviación de la guerra, casi de seguro la victoria y sin sombra de duda la dicha y destino de la humanidad”.
En la conferencia se tomaron acuerdos de carácter militar y en lo político únicamente se cambiaron ideas sobre planes para dividir Alemania. Roosevelt se inclinaba por dividir Alemania en cinco partes, idea que contaba con la aprobación de Stalin, mientras que Churchill se inclinaba por el aislamiento de Prusia y el desprendimiento de las regiones de Baviera, Würtemberg, el Palatinado, Sajonia y Baden.
Decía Churchill: “Aunque trataría con rigor a Prusia, le haría las cosas más fáciles al segundo grupo, al que me agradaría ver trabajando dentro de lo que yo llamaría una “Confederación Danubiana”. Además se cambiaron las primeras ideas acerca del futuro de Polonia pero sin llegarse a un acuerdo definitivo.
En la Conferencia de Yalta en febrero de 1945 a la que concurrieron los tres grandes jefes se abordó el tema del futuro de Alemania. Al iniciarse las conversaciones Stalin preguntó: “¿Dejaremos un solo gobierno, o varios, o únicamente alguna forma de administración?”. El Primer Ministro Churchill opinaba que era un problema muy complicado, que requería un examen cuidadoso de los hechos históricos, etnográficos y económicos; que había que considerar lo que se haría con Prusia; qué territorio darle a Polonia y a la Unión Soviética; cómo fiscalizar el valle del Rhin y las grandes zonas industriales del Ruhr y del Sarre. Se tomaron acuerdos respecto a las fronteras de Polonia, permitiendo que ésta recibiera compensación a expensas de Alemania, para que a su vez Rusia adquiriera territorios polacos. Y en cuanto al difícil problema de cómo formar un gobierno polaco al que todos pudieran reconocer y aceptar, se dejó ver ya el meditado propósito de Rusia de establecer gobiernos sobre los cuales ella pudiera tener influencia decisiva. Fue en esta conferencia donde se convino que Francia debería tener también su zona de ocupación en Alemania.
Es en la conferencia de Potsdam donde se sientan específicamente las bases para la ocupación de Alemania por parte de los diferentes aliados combatientes. El genio político de Churchill se manifiesta una vez más al advertir al Presidente Truman lo siguiente: “Miro con profundo recelo la retirada del ejército norteamericano a nuestra línea de ocupación en el sector central, trayendo así el poderío soviético al corazón de la Europa occidental y haciendo bajar una cortina de hierro entre nosotros y todo lo que hay al este. Yo esperaba que esta retirada, si hubiere de hacerse, fuese acompañada del arreglo de muchas grandes cosas que serían el verdadero fundamento de la paz mundial”.
Fue muy lamentable que la derrota electoral sufrida por el Primer Ministro Churchill le impidiera representar a la Gran Bretaña en estas conferencias hasta su final, pues fue él quien puso mayor resistencia a la pretensión rusa, que finalmente obtuvo, de que el gobierno polaco dominado por los soviets ocupara una zona de Alemania de mayor extensión que la que anteriormente se había acordado.
En esta conferencia que finalizó el 2 de Agosto de 1945, los jefes de estado convinieron:
- Formar un consejo tripartito de Ministros de Relaciones Exteriores para redactar los tratados de paz.
- Establecer administración uniforme para las cuatro zonas de ocupación, y una completa desmilitarización de Alemania.
- Tomar conjuntamente decisiones sobre Alemania considerada como una unidad.
Tratar a Alemania como una sola unidad económica.
Posponer el arreglo de fronteras polaco alemanas hasta que el tratado de paz con Alemania fuera firmado, dejando provisionalmente los territorios alemanes al este de los ríos Oder y Neisse, “bajo la administración del estado polaco”.
Es necesario agregar que el ejército Nazi se rindió en mayo de 1945, y que de acuerdo con los convenios anteriores a que hemos hecho referencia, Berlín quedó dentro de la zona ocupada por los rusos, manteniendo los aliados occidentales el libre acceso en diversas formas a esta ciudad.
Es igualmente importante que en junio del mismo año, los comandantes militares de Gran Bretaña, los Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron la forma de ocupación militar y reglas para ejercerla. Cada comandante militar era responsable del sector de Berlín que ocupaba; y los cuatro comandantes juntos eran responsables de la administración del área total de Berlín.
La armonía de esta administración conjunta no duró mucho tiempo, y los acuerdos de Potsdam no se cumplieron. Así, preciso es hacer resaltar el hecho de que en Marzo de 1948 la Unión Soviética abandonó el Consejo de Control Aliado anteriormente establecido. Y en el mes de abril siguiente comenzaron por su parte las primeras acciones para establecer el bloqueo de Berlín, bloqueo que en junio del mismo año estaba en pleno rigor; y sólo la firme determinación de Occidente anuló sus efectos.
Es hora ya de fijar en este estudio el derecho que le asiste a los países de Occidente para:
1) Ocupación de sus zonas en Berlín, 2) derecho irrestricto de libre comunicación con esas zonas, 3) obligación de mantener esta situación mientras no se llegue a formular un tratado de paz con una Alemania unificada.
Tal derecho tiene su origen en la misma derrota militar de Alemania, y los diferentes acuerdos a que me he referido antes únicamente establecieron la forma de ejercer este derecho. De manera que no puede separadamente, ninguna de las potencias que contribuyeron a esta derrota militar alemana, apartarse de los acuerdos tomados, pues el triunfo militar sobre Alemania fue la acción conjunta de los aliados. En los acuerdos siempre se habló de tomar a Alemania como una sola unidad y de llegar eventualmente a un tratado de paz con una Alemania unificada, pues la ocupación provisional de su territorio no creaba ningún derecho para el país ocupante. De manera que las fuerzas militares rusas, al ocupar parte del territorio alemán, y como consecuencia de esa ocupación, no obtendrían derecho alguno para imponerle gobierno a esa región; como tampoco tiene Rusia derecho a negociar ahora un tratado de paz, con dicho gobierno. Hay violaciones de los acuerdos en lo siguiente: primero, al establecer un gobierno separado del legítimo de Bonn, producto éste de elecciones libres; segundo, al proclamar ahora que puede hacerse un tratado de paz separadamente con el gobierno de la región oriental, impuesto a ese sector por los mismos rusos. Debemos entonces concluir que mientras no haya un único gobierno producto de la libre voluntad popular, no puede ninguna de las potencias aliadas, que conjuntamente derrotaron a ese país, firmar tratado alguno de paz. ¿Qué es lo que mueve a Rusia a amenazar con un tratado de paz con el supuesto gobierno de la Alemania del este, violando así los acuerdos tomados? ¿Qué lograría Rusia, de llevar a cabo esta amenaza? Lo que intenta es obligar a las potencias occidentales a un reconocimiento implícito de ese gobierno, al verse éstas obligadas a negociar con dicho gobierno el acceso al Berlín Occidental. Como alternativa para los aliados quedaría perder definitivamente su porción de Berlín.
En este punto muerto, Rusia, insistiendo en este tratado y los occidentales, con legítimos derechos, sosteniendo la tesis de un gobierno único para una sola Alemania, está planteado lo que se ha llamado la Crisis de Berlín, que realmente es, como dije anteriormente, una etapa del programa que el Imperio Soviético tiene trazado: imponerle al mundo su credo político, económico y social, y ser él de ese mundo, su único director.
Por tratarse de Alemania, por tratarse de Berlín, por ser un conflicto enclavado en el corazón de Europa, es lógico que esta etapa tenga mayor resonancia, cause mayor alarma y hasta pueda considerarse más peligrosa que las crisis de Laos, Cuba, El Congo, Kuwait y la anterior de Corea. Pero todas son realmente efecto de una misma causa.
¿Qué solución puede tener la Crisis de Berlín? Es mi opinión que no puede tener solución definitiva mientras no logre resolverse el conflicto planteado entre Oriente y Occidente. Cualquier arreglo es provisional, transitorio, una tregua en la lucha de dos mundos opuestos. Me inclino a creer que de esta vez, nuevamente, quedará sin resolver y se mantendrá con algunas variantes, la situación actual, lo que significa aplazar indefinidamente un problema que, simple consecuencia, no tendrá resolución mientras la causa lo origina no desaparezca.
Tendrá solución esta lucha de ideologías o se mantendrá sin resolverse indefinidamente? Soy optimista y creo que se resolverá en favor de las democracias, no por victoria militar en una guerra nuclear que no es imposible pero si muy improbable, sino por imposición en un futuro de la causa que defiende los eternos valores humanos, la libertad del hombre, la libre expresión del sentir de un pueblo expresada por medio del sufragio. Es una victoria fácil porque la doctrina social marxista, de la que se sirve el imperialismo ruso para extender sus conquistas, es cautivadora por la promesa de justicia social que encierra y hace fácil presa en pueblos de baja cultura y extremada pobreza. Pero mi fe y optimismo se basan en que si tomamos de ella su aspecto positivo, la “promesa” de justicia social, y se le ofrece a los pueblos no sólo la promesa sino la realización de esa legítima aspiración, estamos superando en este aspecto material la doctrina comunista. Y si además de esta superación ofrecemos la defensa de la dignidad del hombre y demás virtudes espirituales de la doctrina democrática, no admite duda alguna que será la causa de Occidente la que prevalecerá en el mundo.
La lucha será larga, ardua y difícil; lo que se presenta como una ideología, para penetrar y socavar el sistema democrático representativo, tiene el respaldo material y la dirección intelectual del nuevo imperio ruso, económica y militarmente poderoso, con tácticas y armas de gran variedad; combina en su diabólica propaganda la engañosa promesa con la brutal amenaza; predica la paz y la coexistencia pacífica tratando de adormecer a los países occidentales, al tiempo que prepara las más terribles armas de destrucción; aboga por la suspensión de las pruebas nucleares para “halagar” el sentimiento pacífico del mundo, en especial el de los países neutrales, y súbitamente hace mofa de ese sentimiento sorprendiendo al mundo con la reanudación de esas pruebas; apoya a los países neutrales en su sincera aspiración de abolir lo que aun queda de colonialismo en la tierra y de imponer el principio de autodeterminación de los pueblos, y niega este derecho al pueblo alemán y a todos los otros que ha sojuzgado y forman parte de su ya inmenso imperio colonial: Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Checoeslovaquia, Albania, Estonia, Lituania y Latvia.
Es este imperio ruso el que desafía nuestra tradicional civilización. Pero este imperio puede aun crecer; y difícil es predecir cuáles serán sus próximas presas: será Thailandia, Birmania, Vietnam del Sur, o quizás India o el Irán? ¿Lo hará este crecimiento más fuerte o lo debilitará? No debemos olvidar lo que la historia nos dice: los imperios siempre se debilitan cuando alcanzan cierto límite de expansión. Difícil es sostener un creciente imperio por medio de la fuerza militar; no es fácil silenciar el sentimiento nacionalista de los pueblos. Hemos visto, recientemente, cuán falsa es la teoría marxista de que “los trabajadores del mundo no tienen nación”.
Pero se me dirá: ¿Cómo hacerle frente a este creciente imperialismo? Lógico es que si Rusia se sirve de una ideología para extender su dominio, debe el Occidente enfrentársele con otra ideología que la supere: justicia social en un medio de libertad. Para que esto se cumpla será necesario obligar a los países en que aún persiste el capitalismo primitivo, sea el injusto y anacrónico capitalismo, a que lo sustituyan por uno benévolo, comprensivo y justo, de manera que la riqueza esté más equitativamente distribuida y sirva un propósito social. Habrá pues, que adaptar en el mundo de Occidente las formas de organización económica como el “capitalismo popular” de los Estados Unidos, del socialismo democrático de Suecia e Israel, en donde el individuo, como hombre libre que es, tiene derecho a lo superfluo, pero se cumple primordialmente el postulado de que nadie carezca de lo estricto.
Cuando este sistema económico, político y social, llámese capitalismo popular, humanismo económico o cristianismo social, se extienda por todos los continentes, la doctrina social marxista cederá y quedará confinada a sus propios territorios, si no es que en ellos mismos surja el fermento en busca de libertad. Será entonces cuando problemas como el de Berlín, encuentren adecuada solución.
NOTA: Este artículo ha sido premiado en un concurso patrocinado por la Universidad de Costa Rica y la Nación.
El sentimiento del patriotismo puro y abnegado. ¿en qué difiere de una hipertrofia filantrópica del instinto de la paternidad? El sentimiento de la paternidad en Sarmiento no es individual, no se asocia a su persona en relación con sus hijos, sino a todo él en relación con su patria. ¿No se consideró él, nacido a los nueve meses justos de la Revolución, gestado por esos acontecimientos y nacido de la emancipación tanto como de la madre? Sentimiento universal, el suyo, que le hace considerarse en cierto modo responsable de la educación, la felicidad y el destino de su pueblo. Sentimiento tan irracional y hondo que nada puede identificarlo tanto con la abnegada y heroica misión de la madre, sino la que él padeció y sobrellevó por su país. Las virtudes que celebra en la madre son correlativas de las suyas propias en condición de ciudadano.
E. MARTINEZ ESTRADA, Sarmiento, Los Pensadores, Editorial Argos, Buenos Aires, 1946.

