Francisco Antonio Pacheco
Páginas de mi memoria pp. IX-XIII
En un artículo publicado en The Washington Post, Oscar Arias levantó su voz en defensa de los niños inmigrantes que parten del norte de Centroamérica en pos del famoso «sueño americano.» Van solos y con autorización de sus familias aun cuando corren el riesgo de sufrir los más terribles vejámenes y hasta de perder la vida. «¿Qué les pueden hacer los Estados Unidos a esos niños -se pregunta ahí- peor de lo que están sufriendo ya? Porque, en efecto, esos jóvenes, esos niños, según explica, no pueden acumular ya más sufrimientos. Por eso los dejan irse, por eso se van. Sus padres y abuelos fueron, de niños y adolescentes, víctimas de la guerra en la década de 1980, cuando las grandes superpotencias ensayaban sus enfrentamientos en Centroamérica. Estaban dispuestas -nos dice literalmente Oscar Arias- a poner las armas, mientras nosotros poníamos los muertos11•
Si he iniciado estas líneas evocando ese artículo, ha sido para destacar el compromiso de Oscar Arias con la gran ética. Este compromiso, indisoluble de su defensa constante de la paz, revela su profundo sentido humano, su respeto por las personas y su integridad física y moral. Si algo pierde a la política y al mundo es la confusión constante entre lo ínfimo y lo esencial; sí, la incapacidad de distinguir lo inmediato de lo importante. Pues bien, estos errores no pueden imputársele a Oscar Arias como político, pues él, como sugiere el título de uno de sus libros, avanza Con velas, timón y brújula.
Oscar Arias es un político en el sentido pleno del término, pues busca incansablemente ese acercamiento, no siempre fácil, entre ideales y acción. Esta inclinación, en su caso, se convierte en una necesidad acuciante por proponer y actuar, a veces, con impaciencia, cuando el mundo parece detenerse en medio de la apatía o del falso interés, ante los requerimientos del desarrollo humano integral. Para el político de verdad, como él, la preocupación por el futuro colectivo tiene primacía aún sobre los intereses propios.
La gente se pregunta -a mí me lo preguntan- cuál es la razón de que tantas personas se dediquen a la política. Y lo hacen con aire de sospecha. Tiempo atrás, mucho tiempo atrás, Don Miguel de Unamuno se quejaba de que a menudo la gente anduviera, por ahí, preguntándose, «¿y este detrás de qué anda2»
«Quien vive ‘para’ la política hace de ello su vida en un sentido íntimo nos dice Max Weber en Politik als Beruf, alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de ‘algo’. En este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo». Y tiene razón de decirlo así. Los políticos en serio, como Oscar Arias, viven para lograr el desenvolvimiento de la gente y por eso viven. Es un asunto de vocación, casi siempre incomprensible para quien carece de ella.
Por cierto, es el más prestigioso político de Costa Rica. Después de ocupar la Presidencia de la República dos veces, en un mundo en el que aún a los mejores políticos se les desacredita, ha logrado el milagro de recibir un enorme y sostenido reconocimiento general. Esto se lo debe a sus condiciones de líder, de político en el más alto sentido del término. Sin embargo, sus victorias han tenido un alto precio. Y ello es explicable.
La política -nos dice Max Weber- estriba en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias para vencer, lo que requiere, simultáneamente, de pasión y de mesura [ … ] en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible [ … ] Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un ‘sin embargo’; únicamente un hombre constituido de esta manera, podrá demostrar su vocación para la política.
No puedo evitar el ver retratado en estas frases a Oscar Arias. No podríamos comprender su trayectoria, sin tomar en cuenta su tenacidad, cuando descubre oportunidades de construir o aún de cara a las circunstancias más adversas. Es este uno de sus rasgos más característicos. Por cierto, quien desee comprender sus logros presentes y futuros no debe subestimar nunca la magnitud de su determinación.
La hoguera ardía en nuestra frontera norte y la conflagración, insensiblemente, se empezaba a colar en nuestro territorio. A pesar de nuestra tradición pacifista, sectores influyentes de la población se inclinaban, más bien, por una participación en el conflicto. La posición de Oscar Arias a favor de la paz, antes y después de llegar al poder, suponía un enfrentamiento con las tesis del gobierno de los Estados Unidos. La ayuda de los norteamericanos a Costa Rica era enorme e indispensable, pues veníamos saliendo de una de las más graves crisis económicas y sociales de nuestra Historia. A pesar de eso, Costa Rica, el único país de América Latina en que la población, mayoritariamente, era pronorteamericana, fue aceptando el mensaje de paz de Oscar Arias y le dio el triunfo electoral.
Dio un paso más, calificado por muchos de temerario. No solo asumió una posición de auténtica neutralidad, sino que se empeñó en lograr la paz en la región. Ahí comenzó su titánica batalla por convencer a los líderes del mundo de estar a favor de la paz.
En el campo social nada ocurre en el vacío y las obras se levantan o se destruyen bajo la presión de «la ley de la gravedad» política. Los grandes políticos como los mejores arquitectos se defienden de las fuerzas que tiran en distintas direcciones y a la vez se apoyan en ellas. Osear Arias visita senadores y congresistas en los Estados Unidos -habla ante el Congreso de ese país-, recurre a líderes religiosos, a dirigentes de izquierdas y de derechas, a los medios internacionales de comunicación, a organismos multilaterales, en fin, a cualquiera que pueda ayudarle. Los obstáculos eran tantos y tan grandes que nadie apostaba por el triunfo de sus tesis; él, sin embargo, continuaba hablando y convenciendo.
Para lograr su propósito, había enfrentado a la nación más poderosa del planeta. Ahora, emprendería algo quizá más difícil: convencer a los gobernantes centroamericanos situados en posiciones radical mente antagónicas, en medio de la Guerra Fría. Finalmente, se firmó la paz y se salvaron miles y miles de vidas. Las heridas se fueron cerrando y un espíritu de conciliación se apoderó, poco a poco, de los centroamericanos. Había logrado lo que parecía imposible.
Osear Arias se doctoró en la Universidad de Essex donde completó la formación iniciada en Costa Rica en los campos del derecho y la economía. A su regreso decidió incorporarse a la vida política con la intención Je convertirse en presidente de la República.
Como ministro de Planificación Nacional -cargo que ocupó siendo aún muy joven- se acercó a los medios universitarios y a los intelectuales en general. Se incorporó activamente al proyecto de crear la segunda universidad del Estado, publica libros, organiza actividades como La Costa Rica del Año 2000 a finales de 1976, uno de los esfuerzos más importantes y exitosos en la historia del país, por impulsar la reflexión nacional, dentro de un espíritu pluralista, en torno a los problemas que enfrentábamos y a su solución. Quienes lo adversaban no supieron interpretar adecuadamente su deseo de incorporar el sector pensante de la sociedad a la política y de contar con su apoyo, no solo para ganar elecciones, sino para construir.
Su estilo, cuando escribe literariamente, es sobresaliente. Ha publicado una docena de libros y cientos de artículos, sus conferencias se caracterizan por una gran solidez. Buena parte de su vida transcurre en medio de libros. Fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, con el Premio Príncipe de Asturias y ha recibido toda clase de distinciones y honores, muchos de ellos de parte de instituciones académicas.
Contar con una amplísima cultura no es un adorno intrascendente en el político. Es lo que le permite percibir el horizonte histórico, otear el rumbo de los tiempos, saber hacia dónde vamos y, algo más importante aún, adónde deberíamos ir. Quien solo sabe de política, ni siquiera de política sabe. Y el expresidente Arias por su vocación, por la magnitud de sus intereses, por sus conocimientos, constituye un ejemplo del político de alto nivel, si se me permite, del político culto. No en vano alguien lo definió, acertadamente, como el más político de los intelectuales y el más intelectual de los políticos costarricenses.
Osear Arias, quien ha logrado aunar la cultura de su tiempo con la actividad política y ha sido ejemplo por su admiración y su respeto por las culturas, será siempre una fuente de inspiración, tanto para intelectuales como para políticos.
